El conectoma: autopista de la creatividad *Por Eduardo Suárez

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PLAN B

Por Eduardo Suárez*

No cabe duda de que los mapas son herramientas poderosas y muy hermosas. Recuerde cuando ha estado frente a un gran mapa; seguramente se habrá dado cuenta de la fascinación que ejerce. Estas herramientas no son sino una representación gráfica de conceptos espaciales, modelos a escala de las cosas; nos permiten entender los objetos desde su estructura, lo que mejora la comprensión de su funcionamiento.

Desde luego, hay que saber trazarlos. Basta recordar el minicuento de Jorge Luis Borges, llamado Del rigor de la ciencia, en el que el genial vidente de todas las letras proponía un mapa del mismo tamaño que el imperio al que hacía referencia. La ironía del argentino no tiene límite cuando señala que el conocimiento científico sí que lo tiene. Ningún atlas puede confundirse con la realidad a la que señala.

Se conocen mapas babilónicos, de más de cuatro mil años de antigüedad. Los griegos contaron con excepcionales cartógrafos, que son quienes dibujan mapas; sabían que la Tierra no es plana. Los de la Edad Media son muy curiosos; son planos, en claro retroceso, y tienen como centro del mundo a Jerusalén. Cuando no sabían qué había en algún lugar, dibujaban un monstruo y señalaban: Hic sunt dracones (en latín: aquí hay dragones). Deliciosa manera de advertir los peligros de la ignorancia. Los mapas modernos, parecidos a los que nos sacan del extravío, aparecen durante el Renacimiento (siglo XV).

Esta misma curiosidad, por la relación entre estructura y funcionamiento, se ha enfrentado al conocimiento de nuestro cuerpo. Desde tiempos de Andrés Vesalio, siglo XVI, se valoran mucho los mapas humanos. Los llamamos, metafóricamente, atlas. El del anatomista de la Universidad de Padua, De humani corporis fabrica, es una encantadora obra de arte. Como este espacio está dedicado a la innovación educativa, es necesario preguntarnos: ¿es posible un mapa del cerebro humano? Pues sí; no sólo es posible sino indispensable para entender una función cerebral importantísima: la creatividad.

Siglos después del anatomista flamenco, el español Santiago Ramón y Cajal perfeccionó con Camilo Golgi la tinción de tejidos que observaban bajo el microscopio, lo que les permitió ver que el cerebro estaba formado por células, las neuronas. Recibieron por ello el Nobel de Medicina en 1906. Fue algo así como la primera descripción del terreno, para ver de qué estaba hecho.

Luego llegó el alemán Korbinian Brodmann, quien en 1909 mejoró estas técnicas para identificar 43 regiones de la corteza cerebral humana, que es la capa externa de materia gris que nos permite poner atención, recordar y tener conciencia. Este mapa fue perfeccionado por Constantin von Economo y Georg Koskinas, en 1925. Ellos son los primeros cartógrafos cerebrales y el suyo es un atlas —que sigue teniendo validez— de los primeros países del planeta dentro del cráneo.

Debe ser obvio que para hacer buenos mapas se requiere de tecnología. Antes se obtenían conocimientos acerca de la estructura y el funcionamiento del cerebro mediante observaciones clínicas de enfermos o de preparaciones de laboratorio y no de cerebros vivos en funcionamiento. La razón debe ser evidente: a nadie le hubiera gustado morir en aras de la ciencia.

Ahora disponemos de técnicas de neuroimagen —resonancia magnética, tomografía axial computarizada y de emisión de positrones, magnetoencefalografía…— que permiten visualizar el funcionamiento de cerebros vivos, absolutamente normales, mientras realizan tareas cotidianas, como recordar datos. Sin ningún daño y casi sin molestia.

Este mapeo neuronal, que se conoce como conectoma —por su analogía con otro atlas importantísimo, el del genoma humano— es uno de los proyectos científicos más trascendentes de nuestro tiempo. Muestra que el cerebro es una red complejísima de interconexiones, y dilucidarlas nos permitirá investigar nuestras capacidades creativas, diagnosticar y tratar graves enfermedades, además de realizar intervenciones quirúrgicas antes impensables.

Sin embargo, la tecnología va más rápido que nosotros. Ya no se trata de cuidadosos dibujos, como los de Vesalio, o de clarificadores esquemas, como el de Brodmann. El conectoma humano es más una base de datos que un atlas pictográfico, un modelo matemático cuyos algoritmos representan visualmente la distribución de información anatómica y fisiológica. Sin embargo, esta representación no está exenta de belleza (ver: http://www.humanconnectomeproject.org/).

No está lejos el día en que sea realidad un mapa detallado y anotado de la estructura tridimensional del cerebro, con todas sus interrelaciones. Esta herramienta permitirá explorar el espacio interior como antes los atlas geográficos guiaron a Colón o Magallanes. En el campo educativo esto podría significar un adelanto apasionante, el de poder ‘ver’ el tráfico de nuestras ideas durante el aprendizaje. Los dragones, por fin, comienzan a huir.

*Maestría en Innovación y Gestión del Aprendizaje, Universidad del Caribe.

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