¿Porqué las muertas?

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Smiling women
GABRIEL RUBIO BADILLO/Opinión

Nuestra escala de valoración típica hacia las mujeres, en el contexto del sentido colectivo machista, tiene a la Vírgen de Guadalupe en el sitio número uno. Después la figura de la propia madre. En tercer sitio se le otorga valor a la mujer como madre de los propios hijos, en cuarta escala, la mujer se valora bajo el sentido de ser la propia esposa legalmente allegada ante el altar. En quinto sitio se considera a la mujer como la propia pareja, como una especie de posesión o artículo de propiedad con un rol sexual para la propia satisfacción. Y en sexto sitio, se llega a pensar en la mujer como ser humano, como persona independiente, con personalidad y sentido y criterio propio. He ahí una de las poderosas razones y contextos de tantas mujeres asesinadas en México y en otros países de cultura similar a este enclave mental machista. Lo triste de ello es también que las propias mujeres participan en la construcción de tal esquema piramidal y de escala de valores. Las hijas crecen mirando los desplantes y el sometimiento consensuado por la madre. Aprender y entender que ese es su sitio y destino natural. Por más que la cultura evolucione y que la tecnología abunde, el inconsciente colectivo mantiene dado por sentado tal acomodo de ideas e implicaciones. Por ello es tan difícil el combate al feminicidio; porque no se teje desde la impunidad, innegable, de las autoridades; sino que se erige en la propia casa, en las costumbres misóginas, en las bromas humillantes, en los hábitos familiares que recargan en la mujer, por el hecho de serlo, tareas y responsabilidades que debieran ser compartidas por ambos géneros. Y los más pequeños crecen adoctrinados a ver el mundo bajo ese lente. Y serán adultos y se vincularán con parejas con pensamientos afines. Reformular el tejido ideológico con que se percibe a la mujer y al hombre, es prioritario si de verdad pretendemos erradicar los crímenes ligados al solo hecho de ser mujer. Leyes más duras no bastan; muchos homicidas y perturbados, afirman que no se arrepienten de haberlas matado.

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