‘La insoportable levedad del ser’ a 35 años

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Marco Antonio Campos |

Novelas con variaciones

Hace treinta y cinco años se publicó La insoportable levedad del ser, una de las novelas fundamentales del siglo xx. En algo que en una vía lo asemejaría al argentino Ricardo Piglia, Milan Kundera juega a tener en sus novelas y cuentos varias y variadas historias, regresar a ellas, circularlas de nuevo de otra manera (más señaladamente en su caso en El libro de los amores ridículos El libro de la risa y el olvido)… A esto el mismo Kundera lo llamó variaciones, pero pudo hablar también de digresiones o apartados. Incluso a El libro de la risa y el olvido lo llamó una novela con variaciones y dijo en una entrevista que cada historia contenida en cada capítulo tenía afinidades entre sí, pero al lector no le es dable siempre hallar fácilmente, como él refiere, esa relación secreta o abierta entre las ficciones.

Pese a lo dicho por él, encontramos en sus libros de narrativa, y aún más en La insoportable levedad del ser,bosquejos de ensayos o ensayos, entre otros, sobre la sexualidad o el tiempo u hechos históricos y políticos o acerca de la música o la lingüística o el kitsch, y claro, sobre lo que lleva a la mujer y al hombre a la levedad o el peso del ser. Pero los dos fértiles temas de Kundera, con los matices que se quieran, son el erotismo y la política.

Qué es la novela

En una inteligente entrevista que le hizo el gran narrador estadunidense Philip Roth en 1980 que se publicaría en libro en 1994 (El oficio. Un escritor, sus colegas y sus obras), Kundera contesta: “Una novela es una larga pieza de prosa sintética basada en un argumento con personajes inventados. Esos son los únicos límites.” Para él entra todo en sintéticamente. Personajes inventados, claro, pero tomados de la realidad que el novelista conoce muy bien y se ha adentrado muy bien, y claro, sobre él mismo. Qué son y quiénes son en las narraciones. Ignoro si las novelas de no ficción, sin personajes inventados, como las clásicas de Rodolfo Walsh y Truman Capote, serían para Kundera novelas.

Humor e influencias

En El arte de la novela (1986), Kundera hace una defensa apasionada de la novela, que, desde Cervantes, ha analizado “todos los grandes temas existenciales”. Para él, Cervantes en el Quijote ha dado una soberbia lección y mostrado cómo retratar al mundo con sus ambigüedades y relatividades. En casi todas sus ficciones, al menos hasta La insoportable levedad del ser, dominan el humor y la ironía, sobre todo lo grotesco y lo absurdo. Kundera es un maestro al caricaturizar en momentos personajes o situaciones. No hay casi personaje que no se sienta avergonzado por caer en algún momento en lo involuntariamente ridículo o sentirse ridículo aunque no haya caído en ello. Por eso tal vez su magnética atracción por el Quijote, que le parece la mejor novela escrita en Occidente, y su alta estima por autores como Laurence Sterne, Rabelais (Gargantúa y Pantagruel), Diderot (Jacques el fatalista), Kafka (El Proceso El castillo) y el rumano Ionescu.

En la minuciosa y honda indagación del ser cabría pensar que el filósofo del que se sentiría más próximo sería Martin Heidegger.

Un numeroso grupo de fracasados

Por una peligrosa escalera, en la cual los peldaños a veces están rotos o desaparecen, descienden de sus ficciones un numeroso grupo de fracasados y humillados. Los personajes suelen ser médicos, enfermeras, exmiembros del Partido Comunista, académicos, pintores, dueñas de galerías, músicos, poetas, periodistas, estudiantes, policías, espías, y más abajo en la escala social, aquellos que ambicionaron muy poco o nada, como camareras, obreros y campesinos. Algunos, en su engreimiento, no perciben ni siquiera mínimamente que también son unos pobres diablos, como la mujer y la hija de Franz en La insoportable levedad del ser. Algo más: físicamente Kundera suele describir muy poco a sus protagonistas o no describirlos; a partir de su conducta y sus vicisitudes el lector debe imaginarlos y crearlos.

Sobre los personajes de La insoportable levedad del ser, en el quinto capítulo, “La levedad y el ser”, que es el más rico y denso del libro, escribe: “Los personajes de mi novela son mis propias posibilidades que no se realizaron. Por eso los quiero por igual a todos y todos me producen el mismo pánico: cada uno de ellos ha atravesado una frontera por cuyas proximidades no hice más que pasar […] Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo.”

El erotismo: laberinto, ambigüedad y contradicción

Es uno de los dos temas sobresalientes en la novela. Uno no encontrará la llama viva de los cuerpos; sus descripciones del acto amoroso suelen ser escuetas, a veces enumerativas, y otras, las da por entendidas. Importa más lo sexual que la sensualidad, como uno lo siente en páginas de novelas, cuentos y en los exaltados ensayos líricos de Albert Camus. Importan más a Kundera los laberintos, las ambigüedades, los sesgos y las contradicciones de los protagonistas en la relación de pareja, los cuales tendrán su mayor complejidad y ahondamiento en La insoportable levedad del ser, sobre todo en Sabina y Tereza, las dos mujeres más detalladas. Sin embargo, no hay ficción de él donde no se encuentre este orbe intrincado y sesgado.

En su excelente novela La broma (1967), el tema principal es el cálculo de la venganza de Ludvik contra un examigo, que en la época universitaria, a principios de los cincuenta, le arruinó la vida, y el instrumento de venganza es la esposa, a la que seduce, pero en la culminación de los hechos descubre un par de cosas que hace que a su vez se vuelva grotesca, o si se quiere, que todo termine en un vodevil de película felliniana; en su novela corta La vida está en otra parte (1968), el joven poeta Jaromil, tímido e inexperimentado, con una madre grotesca y absorbente, que sueña ser un Lermontov o un Rimbaud, cae de continuo en el ridículo y, devastado por un par de relaciones sentimentales fallidas, termina suicidándose; en su novela La despedida (1973), donde casi todo acaece en un balneario, está primordialmente el abstruso triángulo entre un trompetista famoso, Klíma, casado con una bella y reconocida actriz (Kamila), y la enfermera Ruzena, quien luego de tener una aventura casual con el trompetista, se embaraza, pero todo acaba trágicamente para la enfermera por una estupidez y el azar. En esta novela hay también el amor retorcido de Olga por su tutor Jakub, con quien, al fin, un día antes de que éste deje el país, tiene la relación deseada, y hay también el triángulo de Klima, Ruzena y el joven electricista Frantisek, del que Klima sólo se entera en las páginas finales.

Cuando las mujeres tienen por pareja fija un donjuán irremisible, las relaciones se vuelven laberínticas y las hacen sufrir indeciblemente. El sentimiento negativo que las ciega, las tortura y envenena, es sobre todo uno: los celos. En La despedida, es Kamila con Klíma, y en La insoportable levedad del ser, es Tereza con Tomás. Los celos van más allá del control afectivo y mental de la persona y son como un tigre que una y otra vez hiere a dentelladas el alma y la razón. Kamila es consciente de que sus celos sin control le hacen creer que el trompetista Klima es el único hombre en el mundo. En Tereza los sueños son inevitablemente el nocturno complemento de los celos diurnos: imágenes y símbolos de sus miedos, de su ansia y de su angustia a un paso del abismo (Angst). Los sueños del vértigo de la caída de Tereza son los más temibles y los que mejor expresan la condición desamparada del ser. Curioso: el par de donjuanes, Klima y Tomás, son incapaces, pese a tantas aventuras amorosas, de sacrificar por ninguna otra mujer la relación fija que mantienen. La dependencia de Tomás es absoluta ante la dependencia de Tereza. Cuando Tereza no soporta Zurich y se vuelve, Tomás no sólo decide regresar a la Praga opresiva después de la invasión soviética abandonando su trabajo de médico –profesión en la que era una eminencia–, sino aun varios años después deja Praga, donde trabaja de limpiaescaparates, para irse al campo con Tereza a hacer ambos faenas agrícolas, y donde acaso es la única vez que Tomás conoce algo como una dicha tranquila (y en un triste clímax, cuando mejor se entendían, hallan ambos la muerte en un accidente de carretera en un camión desvencijado que él maneja).

A diferencia de la estabilidad al borde del precipicio de Kamila y Tereza, la novia juvenil de Ludvik en La broma, Marketa, a quien Ludvik le manda por escrito la chanza con tintes políticos en una tarjeta postal, no sólo romperá la relación con él, sino colaborará con sus acusadores. Una de las cosas que Kundera ha dicho que quería mostrar en La broma es que en los años del terror estalinista escaseaba el humor. Eran los años –la primera década comunista– que él llama del “reino del verdugo y el poeta”.

En La insoportable levedad del ser las relaciones peligrosas varían: entre el exmédico Tomás, desclasado por los comunistas a limpiaescaparates, y la mesera y fotógrafa y otra vez mesera y luego pastora Tereza; entre Tomás y la oblicua pintora Sabina, quien al menos es del todo consciente de los torcimientos y retorcimientos de su alma; entre el médico suizo Franz con la misma Sabina, y entre el médico Franz con alguien a la que sólo se nombra como “la estudiante con grandes gafas”. Pero la pareja central de la novela es la de Tomás y Tereza. De la primera mujer de Tomás apenas sabemos que la extrañeza conyugal duró dos años y tuvieron un hijo, llamémoslo Simón, el cual, ya joven, volverá a aparecer cerca del final de la novela en la búsqueda del padre. Una suerte de Telémaco buscando a Ulises con el que apenas se entiende de lejos.

En el capítulo ya citado, “La levedad y el peso”, Tomás, a la pregunta de los amigos sobre el número de mujeres con las que se había acostado, solía contestar esquivamente: “pueden haber sido unas doscientas”. Al preguntarse a sí mismo qué buscaba en ellas y “si el acto amoroso no era
sino la eterna repetición de lo mismo”, dándole una y otra vez vueltas al asunto, concluía que siempre quedaba “un pequeño porcentaje inimaginable” de novedad. Tomás hacía una cómica división de los donjuanes: los mujeriegos líricos o subjetivos y los mujeriegos épicos u objetivos. Con los primeros podía haber empatía porque buscaban más una parte de su yo; a los otros, en cambio, les importaba ante todo la vanidad de la estadística. Ambos tipos de mujeriegos, sin embargo, se asemejaban: tenían amantes más o menos permanentes, muchas pasajeras, otras fugaces y aquellas de las que cuesta recordar los rasgos y aun su nombre.

La política y la Primavera de Praga del ‘68

Si un año marcó para siempre la vida y la literatura de Milan Kundera fue el espléndido y terrible 1968. Nadie ignora que la llamada Primavera de Praga, la cual empieza en enero y termina el 21 de agosto del famoso año, fue ante todo el anhelo ardiente de una recuperación de las libertades. Había una coincidencia esencial de fechas y de ideales, pero fue distinta de las revueltas estudiantiles que se dieron ese año en el mundo, incluyendo la mexicana: desde arriba, la de Praga vino desde el propio Secretario General del Partido Comunista (Alexander Dubcek), de los intelectuales y luego de los ciudadanos checos; las revueltas estudiantiles vinieron ante todo de muchachos clasemedieros que apostaban al sueño y a lo imposible, y quienes no creían que sólo era un relámpago que iluminó breve el cielo en la tormenta y que acabaría destruyendo los árboles del bosque. Los checos anhelaban un socialismo con rostro humano; los estudiantes se rebelaban contra un orden inmovilizado o contra un orden establecido que no les permitía ser distintos a sus mayores.

Desde enero de 1968 los checos empezaron a firmar un manifiesto que se conoció como de “las dos mil palabras” en el cual se llamaba a una “radical democratización del régimen comunista”. El fulgor duró siete meses.

Durante la invasión, en el curso de una semana, en su rabia triste, los habitantes de Praga hostilizaron al ejército de ocupación. Para desconcertarlo, entre muchas cosas, ingeniosamente quitaban la señalización de las carreteras y en las ciudades el nombre de las calles y los barrios. Sin embargo, a la corta, salió el tiro por la culata: las calles acabaron teniendo nombres rusos. En la resistencia, hubo incluso la inmolación de jóvenes universitarios, como Jan Pallach y Jan Zajíc, en el mismo sitio de la plaza San Wenceslao, quienes perviven como símbolos ardientes. Los primeros días de la invasión las jóvenes checas paseaban en minifalda frente a los tanques para distraer a los soldados invasores en abstinencia.

Los años subsiguientes a la invasión hubo consecuencias sombrías. En el ya citado quinto capítulo de La insoportable levedad del ser, Kundera recuerda que “fueron años de entierros”. No sólo de los opositores activos, sino también periodistas, escritores, científicos y jóvenes universitarios. Todos los que tenían algo que decir o protestar, lenta, calculadamente los fueron minando social y económicamente hasta volverlos seres sin esperanza. En los estados totalitarios de derecha o de izquierda, nadie lo ignora, poco o nada importan las leyes. La camada política dejada por los rusos sólo eran eficaces y crueles burócratas que imponían lo que ellos entendían por Razón de Estado. Implícitamente existía un mensaje que era en verdad un ultimátum: “O estás con nosotros o serás empequeñecido o anulado.” Uno de los métodos de espionaje favoritos del régimen fue colocar micrófonos en las casas, y cuando, por una u otra causa, querían liquidar a los opositores, muchas veces editadas, repetían sus conversaciones una y otra vez en la radio. El ejemplo mediático mayor quizá fue el del escritor y hombre de teatro Jan Prochaska, en 1971, quien tenía cáncer, pero luego de ser exhibido públicamente, la enfermedad se le aceleró y murió al poco tiempo. En el caso de Kundera, sus libros de gran éxito (La broma El libro de los amores ridículos) dejaron de venderse, se les sacó de las bibliotecas y a él se le apartó de su cátedra en la Academia Cinematográfica. El país se volvió una cárcel de la que era muy difícil salir, y menos, escapar.

Con la invasión del Ejército Rojo brezhneviano, todos “los abajo firmantes” del “manifiesto de las dos mil palabras” cayeron en desgracia, se les despidió del trabajo y terminaron –le recuerda
Kundera a Philip Roth– en limpiaventanas, cuidadores de estacionamiento, porteros de noche, encargados de verificar la calefacción, vigilantes de los edificios públicos, y en el mejor de los casos, taxistas. Eran los desclasados económica y socialmente de un régimen que presumía mundialmente que en el país había una sociedad sin clases. Los fulminaban públicamente, dando sus nombres, y desplegando toda suerte de infamias y calumnias. No sólo terminaron en el desempleo o en el empleo ínfimo, sino se volvieron unos excluidos, y aún peor, unos apestados. Gran parte del entorno de amigos y compañeros los esquivaban y les iban haciendo sentir desoladamente pequeños. Como la mayoría de los checos se opusieron a la invasión, los rusos buscaron entre los comunistas ortodoxos a la canalla afín a ellos para dejarlos en los altos cargos y poner todos los cerrojos que ahogaran la resistencia. Si hubo una perfección en ellos fue en la aplicación metódica de la crueldad. La cabeza fue Gustav Husak, quien ascendió a Secretario General del Partido Comunista en abril de 1969, y desde entonces hasta 1987 se comportó como un aliado férreo de los rusos. En ninguna novela se siente más la opresión del totalitarismo que en La insoportable levedad del ser.

Kundera relata a Philip Roth en aquella entrevista de 1980 algo dramático, que a la distancia y en ese momento era muy comprensible, sobre todo si se tiene en mente la historia de ser una nación dominada por diversas potencias a lo largo de los siglos: los checos, luego de la invasión del Ejército Rojo, temieron seriamente desaparecer como país.

Cuando se publica la novela en 1984, Kundera no imaginaba ni lejanamente que la democracia para los checos vendría apenas un lustro más tarde. Desde 1989 han pasado treinta años.

Aquel ‘68 y post ’68 fue para Kundera y su generación una herida profunda, el inicio de los nuevos años del terror totalitario. Para los jóvenes checos actuales, en cambio, eso ya es historia.

Algo que quedó atrás en la Gran Marcha.

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